Oración: Tiempo ordinario


El tiempo litúrgico que nos toca vivir durante estos meses, es el tiempo ordinario, un tiempo de saborear la vida en la normalidad y la cotidianeidad, en el que sepamos en nuestras vidas, encontrar destellos de tu evangelio en nuestro quehacer de cada día.


Muchas veces parece que donde mejor se puede encontrar a Dios es en las ocasiones especiales o en los grandes eventos, pero el trabajo cotidiano y la normalidad, nos ayudan a que existan estas otras ocasiones especiales tan importantes como la vida en lo cotidiano.

“Estén siempre alegres, oren sin cesar y den gracias a Dios en toda ocasión; esta es, por voluntad de Dios, su vocación de cristianos” (1 Tes. 5, 16- 18).



Oración: Pablo de Tarso, San Pablo


En nuestra oración de hoy vamos a dejarnos iluminar por Pablo, fariseo y ciudadano romano por su nacimiento en Tarso. Educado en la más severa tradición judía, por su fidelidad a la misma, es llamado a perseguir a quien pueda apartar a su pueblo de la ley de Moisés, incluidos los nazarenos. 


Las palabras contenidas en sus cartas han ido más allá de las comunidades que él mismo fundó y que se preocupó en alentar: Éfeso, Roma, Corinto…. En ellas le reconocemos a veces tierno, a veces severo, siempre libre. Podemos identificarnos con su humanidad pues se nos muestra débil y limitado, a veces imperfecto, sufre, padece la enfermedad, la incomprensión de los suyos, persecuciones, es maltratado… pero su sabiduría y confianza en Jesucristo, su brillo, han traspasado los límites temporales. Cuando escuchamos sus palabras podemos sentir que se dirige también a nuestras comunidades, a nuestros grupos, a nosotros mismos…

“…Vosotros sois mi carta escrita en vuestros corazones, carta abierta y leída por todo el mundo. Se os nota que sois carta de Cristo y que fui yo el amanuense; no está escrita con tinta sino con Espíritu de Dios vivo. No en tablas de piedra sino en tablas de carne, en el corazón. Esta es la clase de confianza que sentimos ante Dios gracias al Mesías. No es que de por sí uno tenga aptitudes para poder apuntarse algo como propio. La aptitud nos la ha dado Dios, fue Él que nos hizo aptos para el servicio de una nueva alianza no de un código sino de espíritu porque el código da muerte mientras el espíritu da vida.” (2 Cor. 3, 2-6).



Oración: Evangelizar hoy


“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús.
Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre renace la alegría.” Con estas palabras se dirige el Papa Francisco a nosotros, cristianos, para invitarnos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría. ¡Qué enorme reto! Sobre todo porque como escribe el Papa en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium vivimos en un mundo con una múltiple y abrumadora oferta de consumo, que promueve una tristeza individualista, una vida interior que termina en los propios intereses donde no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Muchas veces caemos en este riesgo y nos convertimos en seres resentidos, quejosos, sin vida. Esa no es la opción de una vida digna y plena, ni el deseo de Dios para nosotros: la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado.


Como consecuencia, la Iglesia sabe «involucrarse». Jesús lavó los pies a sus discípulos. El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los demás para lavarlos. Pero luego dice a los discípulos: «Seréis felices si hacéis esto» (Jn 13,17). La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Los evangelizadores tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz. Luego, la comunidad evangelizadora se dispone a «acompañar». (Evangelii Gaudium, 24).