Dar. Darse. Entender la limosna

El inventor norteamericano Charles Goodyear terminó sus días arruinado en 1860 después de ver morir a seis de sus doce hijos y tras una vida llena de penurias económicas (incluyendo varias estancias en la cárcel). Apenas veinte años antes había descubierto por casualidad el proceso de vulcanización del caucho que podría haberle hecho inmensamente rico, pero cometió el error de compartir su hallazgo con Thomas Hancock y Charles Macintosh, quienes patentaron la idea.

Sin embargo, dejó escrito que «La vida no debería contarse exclusivamente en dólares y centavos. No estoy dispuesto a quejarme de que yo he plantado y otros han recogido los frutos. Un hombre tiene motivos para lamentarse sólo cuando siembra y nadie recoge

Sembrar. Aunque no sea yo quien recoja. Dar. Darse. Para hacer el mundo más amable, aunque no sea yo quien lo disfrute. Si mi corazón se compadece por el que pasa algún tipo de necesidad no podré evitar pasar a la acción. Sin esperar recompensa. Un corazón compasivo es un tesoro en sí mismo. Lo demás… lo dará por añadidura.


No temas, pequeño rebaño, que vuestro Padre ha decidido daros el reino. Vended vuestros bienes y dad limosna. Procuraos bolsas que no envejezcan, un tesoro inagotable en el cielo, donde los ladrones no llegan ni los roe la polilla. Pues donde está vuestro tesoro, allí también estará vuestro corazón. (Lc 12, 32-34)

¿Qué entrañas de misericordia, qué corazón compasivo siento latir en mí? 
¿Alguna vez he entendido la limosna como entrega de mí mismo? 
¿Paso por la vida tratando de sembrar el bien para los demás?


«Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo hoy todavía plantaría un árbol.» (Martin Luther King)

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