El peligro de la oración "ilusa"

Hay una imagen distorsionada sobre la oración que la considera una actividad contrapuesta al mundo “real”, a la vida cotidiana que nos toca vivir. Y es cierto que hay movimientos religiosos (católicos y no católicos) que plantean la oración como una huida del mundo. San Ignacio, maestro de oración, no recomienda "cualquier" oración, cuanta más mejor, sino que mantiene siempre una cierta “sospecha” sobre las trampas y autoengaños que puede encerrar la oración mal entendida. Incluso llega a calificar de “ilusa” aquel tipo de oración que no nos devuelve nuevamente a la vida, a la vida real de cada uno; eso sí, de una forma renovada.



La oración, para no ser “ilusa”, tiene que estar imbricada en la vida (origen) e implicada con la vida (destino). Por ello, Ignacio pretenderá llevar a la persona a encontrar a Dios en todo, partiendo de que Dios y el mundo no son dos ‘realidades’ incomunicadas y contrapuestas: hay una única historia, que es historia de salvación, sagrada y profana a la vez. Sentido unitario, el de san Ignacio, que culmina en una trabazón teñida de espontaneidad entre contemplación y acción.

Podemos señalar algunas advertencias sobre cómo la oración debe “disponernos la vida”:
- La oración ha de sacarme de mí mismo, ser la antesala del servicio, y que el servicio sea a su vez el abono de la oración, cíclicamente.
- La oración no evita ningún sufrimiento en la vida. No es un analgésico (huid de las religiones anestesiantes…) pero sí la fuerza y lucidez para encarar los sufrimientos y dificultades de la vida con otra perspectiva.
- La oración debe ser “objetivada”. La oración necesita contrastarse con nuestros actos en la vida. El “fruto” de la oración no es la consolación en ella, sino un reflejo externo en nuestra actitud vital: construir la paz, amar más, servir más, la humildad, etc. No se trata de una correlación directa y mensurable (criterio de eficacia), pero sí del fomento de unas actutudes que derivarán en una vida más conforme a la voluntad de Dios. Si los demás no son los beneficiarios indirectos de mi oración, quizá no sea la mía una verdadera oración.No soy yo el origen y la meta de la oración, sino Dios y los que sufren
- La oración debe ser “contrastada”. En la oración entran en juego muchas dimensiones psicológicas, unas favorables y otras de autoengaño. Por ello, es bueno contrastar de vez en cuando nuestra vida de fe con un tercero, el acompañamiento espiritual. Hay que encontrar la persona que te entienda. La no contrastación puede derivar en un “iluminismo” muy peligroso.

Rezar no significa salir de la Historia
y retirarse en el rincón privado
de la propia felicidad.
(Benedicto XVI. Spe salvi)

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