Las olimpiadas y nuestra oración

En estos días de Juegos Olímpicos, quien más o quien menos se habrá asomado a alguna de las competiciones que constantemente nos retransmiten por la televisión. Porque nos gusta ver deporte, porque nos emocionamos siguiendo a alguno de los deportistas de nuestro país, o incluso a veces por la curiosidad de ver deportes que ni siquiera conocíamos que existían o que sólo vemos de cuatro en cuatro años. Son días de elogios para los ganadores, de celebración de triunfos y de disfrutar las metas alcanzadas tras años de esfuerzo, entrenamiento y renuncias.

Muchos son héroes efímeros que aciertan a dar lo mejor de sí un día concreto. Otros son héroes que año tras año se encuentran en lo más alto del podium en cada competición a la que acuden. Y otros muchos, que nos suelen pasar desapercibidos, son anónimos deportistas para los cuales el premio ha sido poder competir. Saben que nunca llegarán a ser ni siquiera diploma olímpico, pero seguro que han trabajado tanto como los ganadores, renunciado a tantas cosas como ellos y entrenado tantas o más horas. Y sin embargo su capacidad física nunca les permitirá llegar más lejos ni estar a la altura de aquellos.

A veces también nos podemos sentir así nosotros en la oración. Un camino a veces complicado y que sobre todo exige mucha constancia. Donde uno se va sintiendo cada vez más a gusto y seguro a medida que más tiempo le dedica. Algo que no es fácil en medio de nuestra vida, porque siempre hay algo que nos parece más urgente, o que nos apetece más, o que parece que va a ser más útil. Porque los resultados ni son inmediatos, ni tangibles, ni cuantificables, y eso a veces nos desespera. Porque también en esto tendemos a compararnos con otros: que siempre aciertan a expresar lo que viven en su oración, que nos parece que hacen más que nosotros por los demás, que parece que siempre van por delante de nosotros en el camino...

Pero por suerte en esto de la oración no hay clasificaciones. No existen los que triunfan y los que quedan por detrás en la carrera. De hecho lo que realmente importa es el propio camino. Ser capaces de seguir acercándonos a Dios a través de nuestra oración. A pesar de las dificultades. Seguir buscando caminos y formas que nos ayuden a escuchar su voz. A pesar de que no siempre veamos claro por dónde caminar. Seguir fieles en los momentos de oscuridad aunque no siempre lo sintamos cerca de nosotros. Por eso nos pueden ayudar las palabras de San Pablo, para tener claro cual es nuestro objetivo. Que no es nuestro triunfo personal, ni ser centro de atención de los focos, ni un beneficio personal. Corremos hacia aquel que nos llama, sabiendo de nuestra limitación, pero de la importancia de seguir en el camino. Y sobre todo sabiendo que el premio, el amor de Dios, ya lo recibimos al comenzar el camino, y nos espera en toda su plenitud al final de él.

No pretendo decir que haya alcanzado la meta o conseguido la perfección, pero me esfuerzo a ver si la conquisto, por cuanto yo mismo he sido conquistado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no me hago ilusiones de haber alcanzado la meta; pero, eso sí, olvidando lo que he dejado atrás, me lanzo de lleno a la consecución de lo que está delante y corro hacia la meta, hacia el premio al que Dios me llama desde lo alto por medio de Cristo Jesús. (Flp 3, 12-14)

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por dejarnos aquí tus comentarios