
La grandeza de Dios no se puede encerrar en un nombre ni en una imagen, por muchas que usemos para aproximarnos a Él o intentar definirle: alfarero, creador, amor, padre, sabiduría.... Por eso ante este, como ante tantos otros misterios de la fe, a veces es bueno darse un tiempo para simplemente dejarse admirar. Que sea el propio misterio el que nos penetre, sin intentar entenderlo o desentrañarlo con nuestra razón.
Que ojalá mi vida y mi manera de hablar de Dios, realmente sea una manera de santificar su nombre y de transmitir parte de lo mucho que significa.
Yo decía: "No volveré a recordarlo, ni hablaré más en su Nombre." Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía. (Jeremías 20,9)
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