Oración: El amor en la familia

El Papa Francisco a través de la Exhortación Apostólica “Amoris laetitia” nos invita a “contemplar a Cristo vivo y presente en tantas historias de amor” (AL 59) y ello bajo el lema “se trata de integrar a todos”. Por ello, aceptamos esa invitación y proponemos rezar desde el amor que Dios derrocha en tantas y tantas historias familiares. 

Miramos con ternura, con la mirada amorosa de Dios a hermanos nuestros en situación de especial dificultad, madres adolescentes, niños sin padres, mujeres solas que llevan adelante la educación de sus hijos, personas con discapacidad, jóvenes que luchan contra la adicción, solteros, separados, viudos que sufren soledad, ancianos y enfermos… personas que quizá vivan muy cerca de nosotros o incluso pertenezcan a nuestra propia familia. 


El camino de la Iglesia “es siempre el camino de Jesús, el de la misericordia y el de la integración (…) El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero (…) Porque la caridad verdadera siempre es inmerecida, incondicional y gratuita” “Nadie puede ser condenado para siempre porque esa no es la lógica del Evangelio” (Amoris Laetitia 296-297).




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Oración: La profundidad de la Consolación

La vivencia de la cruz y muerte de Jesús provoca una gran tristeza y desamparo. Los apóstoles vivieron estos sentimientos en primera persona y se quedaron paralizados, con dudas y desesperanza. Pero tras la Resurrección, las apariciones de Jesús facilitaron el encuentro personal, y fue gracias a esos encuentros cuando se fue transformando el interior de los apóstoles para ver las cosas de forma distinta, para dejar el miedo y alcanzar el valor. La presencia de Jesús resucitado les iluminó para comprender el sentido de lo ocurrido y, sobre todo, les consoló con serena alegría. 

San Ignacio nos ayuda a prepararnos para reconocer esos momentos de consolación y nos explica que en consolación “mi alma se llena de amor a su Creador y Señor”, y cuando experimento que “Dios es el centro y todo uno” y “todo mi ser se llena de esa presencia de Dios que lo colma todo y encuentro en Él mi razón de ser”. En ese momento de consolación, de presencia de Dios en mi vida, “nada puede ser vivido, entendido, amado, gozado sino sólo Dios”.


Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: Paz con vosotros. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. (Jn. 20, 19-20).




Oración: La Pasión desde la historia de Judas

Voy a ir contemplando en esta oración como Jesús miraba a Judas e imaginar los sentimientos y pensamientos que pudieron surgirle en los últimos días de convivencia con Jesús. Le pido con total confianza al Señor que acoja este momento de oración.

A las alturas de la Última Cena, Judas ya se había desencantado de Jesús: el reconocimiento social iba decreciendo, su “posición” entre los discípulos no destacaba, y sus promesas de Reino no llegaban nunca. ¿Y si estaba él perdiendo el tiempo con Jesús? ¿Y si todo era un sueño? ¿Iba a malgastar su vida por alguien (Jesús) que ya la estaba empezando a perder? Todas estas dudas se fueron apoderando de su corazón… hasta el punto que Juan sentencia rotundamente que “era de noche” en su alma.


“Entonces Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era del número de los Doce: y se fue a tratar con los sumos sacerdotes y los jefes de la guardia del modo de entregarles a Jesús. Ellos se alegraron y quedaron con él en darle dinero. El aceptó y andaba buscando una oportunidad para entregarle sin que la gente lo advirtiera” (Lc. 22, 3-6).



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